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“De la granja a la mesa”: la revolución verde de Bruselas, en apuros

  • La guerra de Ucrania y la paralización del granero de Europa pone en aprietos las líneas maestras del Pacto Verde.
  • Bruselas ha relajado las restricciones de la nueva política agraria común para reutilizar las tierras en barbecho y plantar cereal y girasol.
  • Las fuentes de proteína alternativa para la fabricación de piensos y los fertilizantes orgánicos resurgen como una posible solución.

El próximo mes de mayo se cumplen dos años de la presentación de la estrategia comunitaria De la granja a la mesa, una iniciativa clave enmarcada dentro del Pacto Verde Europeo para conseguir un modelo agroalimentario sostenible. Y cuyas prioridades son garantizar el acceso a alimentos de primera calidad con el menor impacto medioambiental posible, reducir el uso de plaguicidas y promover la transformación de las explotaciones hacia un modelo ecológico.  ¿Pero cómo afecta la guerra de Ucrania a la política agraria común?

Una variable con la que nadie contaba

La invasión rusa y la paralización del granero de Europa a causa del conflicto es una variable con la que nadie contaba y que ha trastocado los planes de Bruselas. Según el Pacto Verde, de aquí a 2030, el 25% de la superficie agrícola en la Unión Europea debería dedicarse a cultivos ecológicos. Y los agricultores y ganaderos estarían obligados a reducir el tamaño de sus explotaciones para fomentar la biodiversidad, creando áreas no productivas que a día de hoy se estiman en un 10% del total

Un requisito, este último, que los productores han conseguido paralizar temporalmente.  Pese a que a ninguno se le escapa que ese espacio difícilmente compensará el grano que hasta ahora venía del este. Porque Rusia y Ucrania ponen en el mercado casi un tercio del trigo y el maíz que se consumen a nivel mundial. Y el 50% de las semillas de girasol.

Una vez rescatados los terrenos que hasta ahora no se utilizaban, la Unión deberá revisar también las ayudas para fertilizantes, ya que los precios se han disparado y la superficie cultivable es mayor. Lo que al mismo tiempo abre la puerta a soluciones alternativas, como la utilización de proteína de insecto para elaborar piensos animales. O el empleo de fertilizantes orgánicos para compensar la dependencia de los químicos.

Superficie ecológica al alza

Dicho esto, en la actualidad, Francia es el país de la Unión Europea con mayor superficie agrícola ecológica. Los datos que acaba de publicar Eurostat le otorgan más de 2,5 millones de hectáreas dedicadas a cultivos orgánicos, superando por primera vez en doce años a España, que cuenta con 2.4 millones de hectáreas. En tercer lugar, se sitúa Italia, con 2 millones, y en cuarto, Alemania con 1.5 millones de hectáreas.

En total, la superficie agrícola ecológica en Europa se extiende a lo largo de 17 millones de hectáreas. Lo que supone un aumento interanual del 5,3%. Y representa el 9,1% del total de la tierra cultivada. Una cifra que sigue estando muy lejos de lo que pide Bruselas para 2030, ya que sólo Austria, con el 25,3% de su superficie catalogada como orgánica, consigue el aprobado a día de hoy.

¿Llegaremos a tiempo para 2030?

Los expertos coinciden en que es difícil de predecir, aunque existen razones para pensar que sí. La voluntad política es inequívoca y el cambio en el modelo productivo coloca a Europa como punta de lanza en el proceso de transformación mundial. Aunque la crisis ucraniana puede ralentizar el calendario.

Además, siguen planteándose dudas sobre la rentabilidad del nuevo paradigma. ¿Estamos preparados para una transformación de este calado? Según un estudio del Economic Research Service (dependiente del Departamento de Agricultura estadounidense), si nadie más sigue a la Unión Europea en sus reformas, la producción agrícola en los países miembros podría caer hasta un 12% y los precios, crecer un 17%. Y todo ello, afrontando un 20% menos de exportaciones.

Bruselas, sin embargo, considera que ese escenario parte de una base inconsistente. Espera que su política tenga un reflejo en todos aquellos países que exportan sus mercancías a la UE. Y promete que les exigirá los mismos requisitos que tienen que cumplir los agricultores y ganaderos europeos. Para espantar el alarmismo, añade además que en un futuro cercano se prevén cambios en la dieta alimentaria y en la propia curva de la oferta y la demanda. Porque los suelos están agotados y la seguridad alimentaria no está garantizada con el viejo modelo.

Un mercado en crecimiento exponencial

Otra señal alentadora es que el mercado para los productos ecológicos está creciendo exponencialmente. Según el informe elaborado por el Instituto de Investigación de Agricultura Ecológica (FIBIL) e IFOAM Organics International, la agricultura orgánica ha generado en el último año 52.000 millones de euros en Europa, lo que equivale a un aumento del 15%. Por países, los que más gastan son Alemania (15.000 millones), Francia (12.700 millones) e Italia (3.900 millones). Y el país con la cuota de ventas más alta es Dinamarca, con un 13% de productos orgánicos. Por delante de Austria y Suiza, que registran un 11,3% y un 10,3% respectivamente.

Cuestión de supervivencia

Más allá del conflicto que está condicionando a la industria, Naciones Unidas lanzó durante la pasada cumbre del clima un inquietante mensaje que debería hacernos recapacitar. Según los datos que maneja la Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU, en 2050 habrá más de 10.000 millones de personas en el planeta. Y si nada cambia, la industria sólo podrá dar de comer a la mitad de la población mundial.

Según los expertos, la solución a medio plazo pasa por optimizar la superficie aprovechable que ya tenemos, dedicándola a cultivos sostenibles que respeten el equilibrio natural del suelo. En esa estrategia, la utilización de fuentes alternativas de proteína para reducir nuestra dependencia de la soja y el cereal, será crucial. Al menos en determinados pasos del proceso productivo, como la fabricación de piensos para animales. Y la utilización de fertilizantes orgánicos podría ayudarnos a compensar los elevados precios de los fertilizantes químicos, complementando la oferta que ya existe. Sobre todo, en momentos de crisis como el que estamos viviendo.